11.3.14

Fukushima e Imperio

Hoy se conmemoraron tres años de la crisis nuclear situada en Fukushima Dai Ichi, en el noreste de Japón, en la región de Tohoku. En los últimos meses, quedó en evidencia que el problema continúa, sobre todo en las permanentes "fugas" de material radiactivo, que se registran desde la central nuclear. Y es por el Océano Pacífico que esa contaminación estaría llegando hacia la costa oeste de Estados Unidos, generando también posibles conflictos diplomáticos. En este caso, como veremos en la síntesis del trabajo "Reflexiones desde Fukushima", el gran Imperio de Estados Unidos estaría recibiendo las consecuencias fallidas de una política de modernización que implantó en Japón. A su vez, el Imperio del Japón aplicó su modelo de desarrollo, privilegiando a la metrópolis de Tokyo, por una provincia periférica como Fukushima, cuyos pobladores son los afectados directos por la crisis nuclear.


EEUU puede sufrir efectos de política nuclear que alentó en Japón. Imagem: LATUFF.

En esta nota, presentamos una síntesis del trabajo "Reflexiones desde Fukushima. La ideología del Desarrollo Japonés y la Colonialidad del Saber - Poder", presentado en la Mesa “Fukushima. Dos años después del accidente nuclear” del Congreso Internacional de ALADAA (Asociación Latinoamericana de Asia y África). La investigación fue realizada en agosto del 2013 en La Plata, pero aquí actualizamos algunos datos importantes, como la candidatura de Japón en las Olimpíadas y la actualidad de los evacuados. Fue escrita por dos colaboradores de ComAmbiental: Pamela Sioya y Pablo Gavirati, también miembro del Grupo de Estudios del Este Asiático de la UBA. Si bien el trabajo realiza un análisis más exhaustivo de los discursos a nivel local y nacional en Japón, presentamos aquí el argumento principal por el cual es necesario una revisión de la historia moderna del país. Desde 1853, el destino de la potencia asiática estuvo muy ligado al ascenso de Estados Unidos como primera potencia mundial, sobre todo luego de la Guerra ganada en el Pacífico, justamente con las bombas nucleares de 1945 en Hiroshima y Nagasaki.



REFLEXIONES DESDE FUKUSHIMA.
La ideología del Desarrollo Japonés y la Colonialidad del Saber - Poder


El argumento de la Colonialidad

Partimos de la siguiente idea: para comprender la crisis ambiental que se vivió en Japón en marzo de 2011 debe comprenderse al menos el desarrollo histórico de los últimos sesenta años. Fue en la posguerra que se construyó una formación ideológica que denominamos el “Desarrollo Japonés”, a partir del cual se incorpora el discurso del desarrollo difundido por Estados Unidos en la Guerra Fría, según estudió Arturo Escobar. En esta subordinación de Japón a Estados Unidos, podemos hablar de una primera Colonialidad, en los términos de Walter Mignolo, Enrique Dussel y Aníbal Quijano. Por otra parte, dentro del plano nacional, sabemos que desde la Renovación Meiji de 1868 se diseñó un Estado moderno, por el cual se aplicó una política de nacionalización en todos los niveles, incluido el cultural, que tuvo consecuencias en la jerarquización y subordinación de territorios, por lo cual podemos hablar de una Colonialidad interna. 

Así, la crisis de Fukushima I encuentra su explicación primero en la Colonialidad del propio Desarrollo Japonés, por el cual se incorporó la tecnología nuclear como parte de todo país desarrollado y moderno, sin considerar del todo las características propias del territorio, particularmente su sismicidad. Al mismo tiempo, la tecnocracia promovida por el propio Estado se jerarquiza a través de la configuración saber – poder, imponiendo un plan nuclear de arriba hacia abajo, como política de modernización, para las regiones periféricas. Éste es el caso particular de la planta Fukushima I, que provee energía para la megalópolis de Tokyo.

Modernización, “Desarrollo Japonés” y Tecnocracia Nuclear

Para los estudios críticos de los fenómenos de la globalización, como la crisis ambiental planetaria, el concepto de “sistema-mundo” formulado por Immanuel Wallerstein resulta fundamental. Por su medio, podemos observar que es la propia formación del capitalismo la que adquiere desde el principio una dimensión mundial, por lo cual a partir del siglo XVI las historias comienzan a conectarse, hasta llegar a la actual “sociedad global”, pero no sin antes pasar por el colonialismo. En la introducción del libro Capitalismo y geopolítica del conocimiento, Walter Mignolo parte de la idea de sistema-mundo, pero sostiene que si bien ésta considera el hecho histórico del colonialismo, debe incorporar la reflexión sobre la colonialidad, es decir, desde la exterioridad, o los márgenes del sistema.

Desde esta perspectiva, partimos del supuesto que Japón atraviesa un proceso de inserción en el sistema-mundo que puede distinguirse en tres fases diferenciadas. Aquí se las sintetiza en forma mínima:
  • Primera fase (siglo XVI hasta principios del siglo XIX): Llegada de los misioneros y comerciantes ibéricos, como factor de la Modernidad Temprana.
  • Segunda fase (mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX): Se produce la apertura forzosa de Japón por la llamada “diplomacia de los cañones”. Se genera la Modernización Meiji pro-occidentalizadora.
  • Tercera fase (desde 1945 hasta la actualidad: Estados Unidos inicia la “era del desarrollo”, como estrategia geopolítica en la Guerra Fría. Japón es un aliado estratégico, se impone la Doctrina Yoshida (55).
En este marco, debe destacarse que Japón marcó su diferencia en la región de Asia luego de la apertura forzosa provocada en 1853 por la armada estadounidense. A partir de allí, una parte de la elite samurai lideró un proceso de Modernización propia desde fines del siglo XIX (Renovación Meiji en 1868), para lo cual atravesó por un proceso de Occidentalización en todos los ámbitos (económico, cultural, militar). En tal sentido, la conformación de una economía industrial implicó la necesidad de conseguir el suministro de recursos naturales que no tenía en su territorio, como en el caso ejemplar de los combustibles fósiles. Los líderes de Meiji resolvieron esta situación dependiente aplicando la misma vía imperialista de las potencias occidentales con sus vecinos, para lo cual también se utilizó tempranamente un discurso nacionalista, que hizo un uso instrumental de las tradiciones culturales (como el Shinto de Estado).

Con la derrota en 1945, esta configuración estuvo en crisis, pero la coyuntura de la Guerra Fría motivó su reconstrucción, a través de la ayuda para el desarrollo de Estados Unidos. De este modo, Japón se mantuvo como la potencia regional, pero esta vez subordinado a la potencia mundial, comenzando un nuevo eje de expansión capitalista en la Cuenca del Pacífico Norte. Las transformaciones también implicaron una nueva occidentalización, pero más particularmente una “americanización”, aunque complementariamente hubo nuevas iniciativas para promover la esencia de la cultura japonesa, a través del discurso del Nihonjinron. No obstante, la explicación del “milagro japonés” puede buscarse mucho más en la geopolítica de la tercera fase del sistema mundo, por lo cual un país mediano como Japón llegó a ser la segunda economía del mundo.

Desde este punto de vista, entonces, es precisamente en la tercera fase del sistema-mundo que se diseña lo que llamamos la formación ideológica del Desarrollo Japonés, caracterizada por el sistema político de 1955, o más precisamente de la “Doctrina Yoshida”. Esta última formulación tiene el beneficio de señalar la interpretación del Tratado de Seguridad entre Japón y Estados Unidos como un modo de aceptar la subordinación hacia la potencia mundial, con el beneficio de poder impulsar la reconstrucción económica de posguerra. Así, la referencia más importante, a nivel ideológico, es el propio paradigma del “Desarrollo”, inaugurado simbólicamente por el discurso del Presidente Truman, en 1949.

Por ello, el desarrollo como tal tuvo una implicancia geopolítica, propia de la Guerra Fría con la confrontación entre el Oeste capitalista y el Este socialista. A partir de la década de los noventa, como señalara Bruno Latour en su ntroducción de Nunca fuimos modernos, parecía señalarse la victoria del occidente democrático y capitalista; no obstante, la agudización de la crisis ambiental fue uno de los indicadores de que la historia no se acababa, como pretendía Francis Fukuyama. En este mismo sentido, el concepto de Desarrollo Sustentable fue incorporado como modo de actualización del Desarrollo, que como tal no ha perdido aún su núcleo tecnocrático, ahora en la manera de una “modernización ecológica”, según conceptualiza Maarthen Hajer.

La tecnología nuclear es quizá el caso paradigmático en cuanto a la consideración de la tecnocracia. Se basa en un grupo de expertos que, necesariamente, tienen el poder de decisión sobre la industria. Paradójicamente, o no, las voces críticas son señaladas como “no científicas”. A pesar de ello, los autores que hablan de las controversias socio-técnicas explican la necesidad de democratizar este tipo de debates. Sobre todo, porque el lobby nuclear supone impulsar un tipo de energía que genera un alto nivel de riesgo e incluso de incertidumbre.

La tecnocracia puede unirse con un discurso de la Modernidad colonial. En Japón, las investigaciones avanzaron para poder afirmar que la política nuclear fue sobre todo impulsada por Estados Unidos, a través de la campaña "Átomos para la paz" lanzada en 1953 por el Presidente Dwight Eisenhower. Al mismo tiempo, busca detener la proliferación de armamento nuclear en los países enemigos, como favorecer el uso de la energía nuclear con fines económicos entre los aliados. En el caso japonés, el principal obstáculo era la imagen negativa de lo nuclear luego de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, para lo cual productos culturales como "Astroboy" fueron de ayuda. Por otra parte, aún es tema de análisis, pero hay datos también para decir que Estados Unidos impulsó el desarrollo nuclear en las islas japonesas para tener una base tecnológica donde operar en un escenario de guerra abierta contra el comunismo (China, URSS). Aún hoy, Estados Unidos tiene peso en la política nuclear japonesa.


"Astroboy" o el Niño Nuclear.


La crisis nuclear de Fukushima: el impacto en Japón 

El 11 de marzo del 2011 el denominado “Gran Terremoto del Japón del Este”, a través del tsunami que afectó las costas de la región de Töhoku, desencadenó una de las dos crisis nucleares más importantes. Si la catástrofe de Chernobyl, en 1986, fue explicada por la “inoperancia” del gobierno soviético y su atraso tecnológico; en este caso el impacto para la industria nuclear consistió en que Japón es considerado uno de los países con mayor inversión y desarrollo en el área tecnológica. Desde este punto de vista, la crisis de Fukushima I es un fenómeno que puede analizarse en el marco del sistema-mundo moderno. Pero también a nivel interno porque la energía que producía Fukushima, la consumía la capital, Tokyo.

En el ámbito nacional, la primera repercusión post-crisis en la política energética de Japón, fue que paulatinamente se desactivaron todas las plantas nucleares, por tiempo indeterminado, con el argumento de realizarles tareas de mantenimiento y mejoras en los estándares de seguridad anti-catástrofe. Dicho “apagón” fue oportuno frente a una creciente desconfianza social en las autoridades, mezclada con una ansiedad generalizada por los posibles efectos de la contaminación radiactiva y una sensación de defraudación. En especial de las madres de familia que habían creído que la energía nuclear era segura, tal como se les había inculcado desde las empresas nucleoeléctricas, a través de las escuelas de sus hijos y los medios de comunicación.

Para julio de 2012, a su vez, se difundieron dos informes independientes preparados por el Poder Legislativo de Japón determinaron que el accidente en Fukushima Daiichi era evitable, señalando que:
  • Las regulaciones no estaban claras para situaciones de crisis como ésta.
  • El gobierno japonés no se preparó lo suficiente y manejó mal la información (por ejemplo, el servicio meteorológico nacional podía pronosticar hacia dónde podían ir las emisiones radiactivas según el viento y así evitar la exposición de la gente pero esa información no se difundió a los gobiernos locales a cargo de las evacuaciones).
  •  La empresa TEPCO (Tokyo Electric Power Company) no mejoró las medidas de seguridad como le había señalado la Agencia de Seguridad Industrial y Nuclear en 2007, pero ésta a su vez no hizo nada ante el incumplimiento. TEPCO tampoco contribuye a la investigación de las causas del accidente.
  • Es un “rasgo cultural” que los japoneses no cuestionan a la autoridad y se ajustan al procedimiento a rajatabla. Según analizamos, este elemento fue el destacado por la prensa occidental (europea, sobre todo), y en tal sentido debe ser analizado en los términos de "encapsular" la crisis nuclear a Japón.
Dado que el 30 por ciento de la energía eléctrica que consumía Japón provenía de la fuente nuclear, para su reemplazo se importó más combustibles fósiles, de los cuales el país es dependiente desde los inicios de su industrialización. Sin embargo, resulta interesante que se implementó también una fuerte campaña pública llamada “Minnade Setsuden” que convocó a ahorrar energía en un 15% y promover alternativas limpias y renovables. 

Ello no solo en Tohoku sino también en las distintas localidades donde había una planta nuclear e incluso en la gran metrópolis de Tokio dado que era la destinataria o consumidora de gran parte de la energía producida por TEPCO. Esto fue un intento de romper con la discriminación institucionalizada a la que se refería Masazumi Harada, uno de los referentes en la lucha surgida por el Mal de Minamata. Como también interpreta Emma Mendoza (2012), la discriminación “no surge después de que se provocan los daños, sino desde antes, desde el momento en que se elige el sitio” para construir la planta nuclear. Por su parte, la Autoridad Regulatoria Nuclear de Japón reconoció la pérdida de confianza y reestructuró las regulaciones para hacer más estrictas las medidas de seguridad contra terremotos y tsunamis, prevención de accidentes, y mitigación de emergencias.

En el plano político, en 2012 el Partido Democrático Japonés (PDJ) propuso “el apagón nuclear” para el año 2030, aunque la consideración de los distintos escenarios energéticos incluyó también el pedido empresarial para continuar con la industria nuclear. En este contexto, a fines del año 2012, el PDJ sufrió una derrota electoral. En la interpretación de los miembros de movimientos anti-nucleares, los votantes eligieron la plataforma del Partido Liberal Demócrata (PLD) por sus incentivos económicos. El año 2013 empezó con el regreso del PLD al poder de la mano del Primer Ministro Abe, cuyo primer anuncio fue el de reanudar paulatinamente las operaciones de todos los reactores nucleares, en el marco de un plan estratégico a largo plazo por la “autosuficiencia energética”. La reactivación permitiría reducir un 30% las importaciones de gas, carbón y petróleo, contribuyendo así a mejorar la economía nacional para “la reconstrucción de Japón”, según fueron los términos oficiales.

Ello, a pesar de que, según informó Bloomberg Businessweek, durante 2013 las encuestas realizadas en los medios nipones y sondeos privados arrojaron que el 47 por ciento de los consultados está de acuerdo con abandonar la energía nuclear en Japón. Las críticas se hacen en manifestaciones en Tokyo, sobre todo desde los movimientos ambientalistas y juveniles (ver el video de abajo). Aún así, quienes más sufren son tal vez los que menos voz tienen. De las 300 mil personas que debieron ser evacuadas por el accidente nuclear, aún 100 mil son forzadas a vivir en casas temporales. A su vez, la economía local fue la más perjudicada, con la actividad tradicional ligada a la agricultura del arroz.

Para cerrar un panorama crítico, la estrategia de organizar los Juegos Olímpicos del 2020 fue iniciada por un ex-alcalde de Tokyo, Shintaro Ishihara, de tendencia conservadora y derechista, como una forma de aumentar el nacionalismo y evitar las críticas internas. La decisión del Comité Olímpico Internacional, en tal sentido, le da un aval a este tipo de políticas del gobierno japonés. Ya hoy en el 2014, podemos agregar que como efecto concreto se está desviando los fondos de la llamada "reconstrucción" hacia la inversión en la infraestructura del mega-evento deportivo, que tiene mayores tasas de ganancia. Es por ello que (actualizamos hoy), una columna editorial de Asahi Shinbun se atrevió a hablar de Fukushima como colonia de Tokyo.


Reflexiones finales

Reafirmamos entonces que una explicación profunda de el tema tratado debe partir del modo en que Japón realizó su inserción en el sistema-mundo. A partir de 1955, la configuración que unió al PLD con la burocracia y las corporaciones económicas se plasmaron en lo que llamamos la formación ideológica del Desarrollo Japonés. En este marco, la tecnocracia fue una característica clave, en relaciones de Colonialidad con Estados Unidos, como se evidencia en el plan nuclear. Todo ello debe considerarse para analizar qué falló en la crisis nuclear de Fukushima-I.

En este punto, la explicación “culturalista” nos dice que Japón es un país sin sociedad civil activa a causa de los súbditos leales que genera la “cultura confuciana”. En este punto, podemos decir que no se trata simplemente de una cultura, sino que la utilización de la tradición confuciana es parte de la ideología estatal en el Estado moderno japonés. A pesar de que el “Japonismo” primordialmente es un discurso que destaca las virtudes de la cultura japonesa, en este caso su sentido se invierte. Más precisamente, el informe de la Legislatura presenta la activación de un Nihonjinron en apariencia auto-crítico. En tal caso, nuevamente, no considera la ideología de la tecnocracia, que como tal es un dispositivo de saber-poder moderno.

Como sintetizamos, la energía nuclear llegó a Japón desde Estados Unidos como parte de la política del Desarrollo de la posguerra. La industria nuclear global actualizó su discurso al volver a asegurar que la energía nuclear es segura y que el error consistió en que no debió aplicarse en Japón, por ser una zona sísmica. Sin embargo, esto se trata de una política de control de daños, pues antes del accidente de Fukushima-I no existieron advertencias severas sobre este punto. Del mismo modo, la “seguridad nuclear” se aplica a países que son considerados “peligrosos” por Occidente (como el caso de Iran), mientras que desde la posguerra (mejor dicho, en el marco de la geopolítica de la Guerra Fría), Japón es uno de los aliados principales de Estados Unidos.

Como hemos aseverado, a partir del “milagro japonés” del crecimiento económico acelerado registrado sobre todo en la década de 1960, Japón asumió el discurso del desarrollo como propio, convirtiéndose en la nueva misión nacional. Si recordamos el leitmotiv de Meiji (“País Rico, Ejército Poderoso”), a partir del acuerdo de seguridad con Estados Unidos, y la llamada “Doctrina Yoshida”, la política del Desarrollo fue la consecución de este país rico. Un objetivo cumplido a partir de diversos factores, mediante el cual el país se convirtió en el modelo del “capitalismo asiático”.

En este contexto, es cierto que Japón asumió el la inversión en ciencia y tecnología como base de su desarrollo económico, justamente también para considerar las bases de su desarrollo autónomo. No obstante, la discusión Modernidad-Colonialidad es estructural, por lo que incluye la colonialidad dentro del territorio nacional, por ejemplo para el desarrollo de la metrópolis (Tokyo), se necesita la subordinación de otros territorios, como en este caso Fukushima, pero en otro sentido lo son Okinawa (donde aún persisten las bases controladas por Estados Unidos) junto con otras regiones periféricas. Se reproduce así, a nivel “interno”, la lógica del sistema-mundo.

En definitiva, la aplicación del concepto de “orientalismo” hacia Japón debe considerarse con cuidado, en tanto que se trata de un país que consiguió el “respeto” de Occidente con la Modernización Meiji. De este modo, generalmente el “japonismo” es fomentado por el discurso Nihonjinron, que se complementa con recepción de superioridad cultural. No obstante, en un caso de “Modernidad fallida” como la crisis nuclear de Fukushima, reaparece el discurso orientalista, en tanto que las supuestas características esenciales de la cultura japonesa no permitieron incorporar como es debido la energía nuclear. Pero analizar la Modernidad sólo con sus éxitos no es más que una ideología que nos nos deja permitir la crítica necesaria para avanzar por un camino alternativo.


Ver: "Human Error", una expresión de la juventud japonesa crítica.


)



Bibliografía relevante

Mendoza, Emma (2012), “Las política energética en Japón y la sociedad civil después de Fukushima: el dilema entre la seguridad energética y la seguridad humana”; en ALADAA (2013); Simposio internacional “El desastre de Fukushima y el futuro de la energía nuclear: aprendiendo de la experiencia”; Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Puebla, México, 13 a 15 de junio de 2012.

Nakayama, Shigeru (1991), “Introduction” y “Grassrots Revolt – Possibility of service science”, en Science, technology and society in postwar Japan, Kegan Paul International, London.

Yuasa, Makoto (2012), “El desastre sísmico y el problema de la pobreza en Japón”; en ALADAA (2013); Simposio internacional “El desastre de Fukushima y el futuro de la energía nuclear: aprendiendo de la experiencia”; Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. Puebla, México, 13 a 15 de junio de 2012.

NOTA: Se han agregado también algunos elementos con información actual.
Para recibir el trabajo completo, escribir a Pablo Gavirati.


Ver también:

ComAmbiental: “En Japón, la lupa sobre la energía nuclear”, 25-7-2012;
ComAmbiental: “Energía nuclear: el interés económico por sobre la salud y la democracia".
ComAmbiental: "Todos somos Fukushima. Ni perdón ni olvido" (11-3-2013)

1 comentario:

Pablo Alberto Urrutia dijo...

Si un Estado fuerte como Japón no puede controlar el correcto funcionamiento de una planta de energía nuclear, no podemos pensar instalaciones libre de riesgo (aunque el 0 riesgo no existe nunca) en países corruptibles o con poca capacidad de acción del Estado sobre las empresas.