17.2.08

Para poner la energía en su lugar

El jueves pasado, además de celebrarse el Día de los Enamorados, el calendario ambiental argentino distinguió, como cada 14 de febrero, el Día de la Energía. Algunos dirán que en este último caso no hubo mucho para festejar. No es novedad la crisis energética que el país tiene en puerta, como tampoco las políticas actuales que no ayudan a mitigar el cambio climático.

Sin embargo, bien vale rememorar la fecha para promover fuentes de energías limpias y renovables, que sean tan poderosas e inagotables para mover el mundo como el amor.

Foto: Flickr.com



La semana anterior, el suplemento Futuro de Página 12 publicó una radiografía nítida de la situación energética de la Argentina. Su autor, Sergio Federovisky, expuso una perspectiva que coincide con la que venimos expresando en ComAmbiental. A pesar de que la protección del medio ambiente es una política de estado, y de la importancia estratégica que tiene el sector energético, "en ningún sitio de la Argentina, las áreas del Estado referidas al ambiente participan más que de modo lateral o testimonial en este asunto, que sigue siendo tierra de ingenieros y de negocios".

Mientras es un concenso bastante logrado del ambientalismo sostener que las energías hidroeléctrica y nuclear no son sustentables, el gobierno nacional insiste con elevar la cota de las represas y finalizar la planta de Atucha II. La explotación de combustibles fósiles -uno de los principales emisores de CO2, agravante para el calentamiento global- es nuestra mayor fuente energética, sin que haya medidas serias que viren la matriz hacia fuentes renovables como la eólica, la solar o de la biomasa.

Es cierto que en 2005 el gobierno lanzó el programa Vientos de la Patagonia I, una campaña que inyecta aires renovados aunque todavía lentos, para instalar molinos generadores de electricidad. También existen proyectos particulares como el que trascendió en Coronel Dorrego, cerca de Bahía Blanca en Buenos Aires, pero los esfuerzos son aún insuficientes.

Varias organizaciones ambientalistas coinciden en que debería haber más incentivos desde el Estado para que las empresas energéticas (privadas, estatales o mixtas, locales o transnacionales) comiencen a destinar recursos -humanos, tecnológicos, económicos, financieros- para la investigación y el desarrollo de energías limpias.

Una de ellas es Greenpeace, que está realizando protestas creativas contra el uso de lamparitas incandescentes, en favor de los focos de bajo consumo. Con estas acciones busca llamar la atención y promover una "[r]evolución energética".

Sus exigencias apuntan tanto a la producción como a la distribución y consumo energético:
- aplicar soluciones renovables
- descentralizar los sistemas energéticos
- respetar los límites naturales del ambiente
- desmantelar las fuentes de energía sucia y no sostenible
- propiciar mayor equidad en el uso de los recursos

En materia de ahorro energético, la Nación puso en marcha el Plan Nacional de Uso Racional y Eficiente de la Energía (PRONUREE) con el cual comenzó el recambio de 5 millones de lámparas incandescentes por unas de bajo consumo, en los domicilios particulares y edificios de la administración pública. Posteriormente se extenderá a otras 20 millones de unidades.

"Pero las lámparas de bajo consumo tienen mercurio", advierten vecinos preocupados. "¿No son más nocivas a la salud que las tradicionales?" Ante esta inquietud, la Fundación Vida Silvestre respondió en un informe: "Al usar lámparas de bajo consumo, que contienen mercurio, ahorramos combustibles que también contienen y que al quemarse emiten mercurio y muchos otros contaminantes. Desafortunadamente, no existen productos de este tipo que sean “neutros” o libres de contaminación y debemos optar por el mal menor".

Especialistas aseguraron que la cantidad de mercurio es mucho menor que el contenido de un termómetro. No obstante en caso de rotura de una lámpara de bajo consumo aconsejan airear bien el sitio antes de acercarse a limpiar.

Mirar al sol en lugar de las luciérnagas. Para Antonio Brailovsky, el cambio debería darse incluso en otras esferas como la arquitectura y el urbanismo. En un mail expresó: "bastarían algunas modificaciones a los Códigos de Edificación de nuestras ciudades para estimular diseños adecuados a las condiciones bioclimáticas locales, que representen ahorros energéticos mucho más sustanciales que el cambio de las lamparitas".

En consonancia con esta idea, resultan alentadores carreras de posgrado como la de Especialización en Medio Ambiente Visual e Iluminación Eficiente de la Universidad Nacional de Tucumán, o propuestas como los Premios ELI (Efficient Lighting Initiative) que galardonan a los edificios o espacios iluminados con un criterio eficiente y ecológico.

En definitiva, a cada ciudadano, funcionario público, empresario, profesional y educador le compete una tarea. Cada uno es responsable en el cambio y puede realizar su aporte, en solidaridad y sinergia con los demás.

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