14.4.11

Lino Barañao: “Las empresas tecnológicas distribuyen automáticamente los ingresos”

El Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, Lino Barañao, habló sobre las prioridades de su gestión, en un ciclo de exposiciones por el 20 aniversario de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES).

El doctor Lino Barañao, luego de la disertación. Foto: ComAmbiental

Cuestionado por los ambientalistas, criticó la universidad pública, resaltó el interés del gobierno nacional por "acoplar la generación de conocimiento a la generación de riqueza" y alentó a que los investigadores trabajen para resolver necesidades sociales en vinculación con el sector empresario.


El negocio está mal visto. Lino Barañao adujo que “todavía se asocia riqueza con lucro indebido” y parafraseando a Mafalda sostuvo que aún se cree “imposible amasar una fortuna sin hacer harina a los demás”. Entonces explicó: “El sector académico toma fondos y obtiene información. El empresario toma ese conocimiento y lo vuelca a productos o servicios que son los que finalmente impactan a la gente". Y aclaró que en las comunidades modernas “si un científico encontró algo útil, tiene la obligación moral de crear una empresa para brindarlo a la sociedad”.

Según el doctor en Ciencias Químicas, otro obstáculo cultural es "la aversión al riesgo" por el que algunos científicos no se involucran con el sector privado para resolver un problema concreto, sino que persiguen el aplauso de sus pares como lo demuestra la historia de la ciencia en el país.

Si bien es meritorio que la Argentina sea el único país latinoamericano con tres premios Nobel en el rubro, “pocos saben qué hicieron Bernardo A. Houssay, Luis F. Leloir y César Milstein”, lo que “supone un reconocimiento por lo original de su aporte, pero no necesariamente por el impacto que tuvo en la sociedad, en la mejora de la calidad de vida”.

La estrategia. En ese sentido, el ministro expresó que su bandera es “premiar al que logró resolver un problema concreto por sobre aquel que encontró algo que nadie antes había encontrado” y propiciar que “la academia legitime la innovación”. Para ellos en 2003 se empezó a financiar a consorcios público-privados que tuviesen desde una idea práctica hasta un producto de mercado, protegiendo la propiedad intelectual. En efecto, ahora “el CONICET es la institución en el país que más patentes tiene”.

A su vez, se priorizaron tres tecnologías novedosas por su posibilidad de desarrollo en la Argentina y porque pueden satisfacer necesidades concretas: “la Nanotecnología, la Biotecnología y las Tecnologías de la Información y la Comunicación”. Los focos programáticos son cinco “áreas problema: salud, agroindustria, energía, ambiente y desarrollo social”.

Por ejemplo contó que “hay dos consorcios que van a producir anticuerpos monoclonales que en el mercado mundial rondan los 7.000 millones de dólares; es lo que descubrió Milstein y nunca se produjo en el país”. Se aplica en la medicina con lo que “se hace necesario producirlos a un costo razonable e incluso se puede exportar”.

Cómo distribuir la riqueza. Barañao criticó que “la universidad pública permite mantener la desigualdad social” porque por mucho tiempo formó empleados, en lugar de emprendedores que afronten el riesgo y generen puestos de trabajo de calidad.

En tanto, aseguró que con ciencia “no podemos aumentar mucho más la rentabilidad del campo pero sí la distribución”, un pensamiento cuestionado por los ambientalistas que denuncian al modelo agroindustrial hegemónico porque expulsa mano de obra, avanza sobre bosques nativos y se sostiene en el monocultivo con uso intensivo de agroquímicos.

El ministro insistió que “las empresas tecnológicas distribuyen automáticamente los ingresos” porque “cuanto más sofisticada es la industria, es el capital humano el que más vale”. “Este es un objetivo deseable” y también posible –tal como lo logró "Corea con un 70% de industrias nuevas con base tecnológica”. El secreto está en "consensuar objetivos elementales a largo plazo" y "la voluntad", concluyó.

El glifosato: ¿fuera de la ciencia?
En 2009, el investigador en Embriología (UBA-CONICET) Andrés Carrasco demostró que el glifosato -un herbicida que se aplica a cultivos transgénicos de soja, maíz y algodón- mata o genera malformaciones en embriones anfibios.

Por su estudio, el científico sufrió amenazas de los sectores del agronegocio y una campaña de desprestigio. Por su parte, el Ministro Barañao minimizó el hallazgo y se deslindó del tema considerándolo de incumbencia para las carteras de Agricultura y Salud.

Quien sí se ocupará será la quinta Reunión de las Partes de la Convención de Estocolmo que a fines de este mes decidirá si el glifosato empezará a suprimirse gradualmente en todo el mundo, tal como adelantó ComAmbiental.

Otra información relacionada, según Reuters, es que la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) está re-evaluando junto a investigadores de Canadá, los riesgos del glisfosato para la salud humana y el ambiente, con el fin de determinar -a más tardar en 2015- si el herbicida debe continuar vendiéndose o debe restringirse.

Ver también:
¿El endosulfán a Estocolmo?: el debate sobre agroquímicos en Argentina (3/4/2011)
Agroesclavos, agrotóxicos y agronegocios. Un panorama del "campo". (4/3/2011)

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