8.11.09

Cambia el clima, ¿cambia la política?

Desde el último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) en el 2007, mucho y poco ha pasado. A partir de que la publicación estableció que es extremadamente improbable que el calentamiento global no sea responsabilidad del ser humano, la clase política mundial tuvo marchas y contramarchas. Por un lado, tomó conciencia de que es imposible eludir la temática de la agenda internacional, pero por el otro está lejos de adoptar un compromiso serio para enfrentar una de las mayores amenazas que haya enfrentado la humanidad.

Crónica de un fracaso anunciado: así podría titularse, bajo la fórmula del periodismo de anticipación, la próxima Cumbre de la ONU sobre Cambio Climático. La famosa COP-15 en Copenhague del 7 al 18 diciembre de este año, anunciada como la instancia donde se llegaría a un acuerdo pos-Kyoto (es decir, después del 2012), se encamina a un punto muerto. Después de meses de crear expectativas, las autoridades ya comienzan a hablar de las dificultades para llegar a un acuerdo, que podrían traducirse en la imposibilidad de la gran mayoría de las naciones de “convencer” a los Estados Unidos de que se una a la iniciativa.


El vaso medio vacío. La cuestión principal es que detener la cuenta regresiva hacia el cambio climático irreversible no parece ser posible sin alterar el status quo. El escenario de crecientes desastres ambientales (no naturales) tiene poco de ficción, mucho de ciencia, y podría alcanzarse en este mismo siglo si no se detienen las emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs). De hecho, aún si en las próximas semanas se alcanzara un acuerdo y se cambiara la economía global, existen alteraciones en el sistema atmosférico que no podría detenerse. La principal meta fijada por el IPCC es estabilizar la suba de la temperatura media planetaria en dos grados centígrados respecto a la era pre-industrial.

El status quo significa que todo sigue igual, en tanto que el equilibrio político mundial se mantiene sin ningún tipo de alteración. Sin embargo, el principio número uno que rige la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (1992) expresa las “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Esto implica el reconocimiento de que el crecimiento económico de los países industrializados se hizo a costa de la utilización de un bien común, como es la capacidad de la atmósfera como sumidero de los GEIs. A pesar de reconocer este ideal, Estados Unidos, como principal potencia contaminadora, se negó a ratificar el Protocolo de Kyoto (1997), principal instrumento para la puesta en práctica de la Convención.

Luego de pasar por años de negación a partir de la administración de George Bush, que incluyó estudios científicos paralelos, solo tenidos en cuenta por las corporaciones petroleras, hoy la gran nación del norte refuerza un viejo argumento. Se trata de que Estados Unidos no está dispuesto a firmar ningún compromiso concreto si no lo hacen también grandes naciones en desarrollo, como Brasil e India, pero principalmente China. Si bien es cierto que este país asiático es una potencia emergente y una fuente de creciente contaminación, el discurso que lo identifica como el principal enemigo en la lucha contra el cambio climático es por lo menos hipócrita; solo se entiende por la obsecuencia de la diplomacia mundial hacia el centro de un mundo unipolar.

¿El vaso medio lleno? A pesar de la situación descripta, el reciente cambio en el gobierno de los Estados Unidos, a partir del triunfo de Barack Obama, generó un clima de optimismo desde el ambiente político. Su llegada a la Casa Blanca significó un reconocimiento de esta problemática global, impulsada desde su país por su colega demócrata Al Gore. También China, a pesar de que no tiene obligaciones internacionales, confecciona un ambicioso plan, a partir de presiones internas, para cambiar su matriz energética y generar un nuevo modelo de desarrollo. Hasta ahora, y a partir del siglo pasado, se limitó a adoptar el ejemplo del mundo occidental, incluyendo tanto al sistema socialista (economía centralmente planificada) como al capitalista (economía de mercado). Ambos basados en la modernidad industrial.

De hecho, el gran aporte del informe del IPCC es, como ya mencionamos, incluir la dimensión ambiental en la discusión política de alto nivel. Esto es diferente en cada país, por supuesto, según el grado variable de demanda ciudadana para con sus dirigentes políticos, que intentan limitar así la influencia de los poderes de facto. El liderazgo de la Unión Europea en la discusión internacional, como el único bloque de países que asume la responsabilidad que les toca como países desarrollados, puede entendese en este sentido. Japón, que realizó un cambio en su gobierno a semejanza de su aliado estadounidense, se animó también a subir su apuesta, proponiendo la reducción de las emisiones del 20 al 25 por ciento para el 2020.

De todos modos, luego del reciente fracaso de la reunión preparatoria de Barcelona, la atención estará puesta ahora en el diálogo bilateral entre Estados Unidos y China. Obama buscará de su par, Jintao Hu, la promesa de que el país oriental tomarán compromisos en Copenhague. Esto le permitiría, a su vez, fortalecer su presión al Senado, donde encuentra una fuerte resistencia interna, para que sancione una ley sobre cambio climático, que le permita asumir sus propias responsabilidades nacionales. Si este movimiento de piezas se llegara a realizar, los términos en los que se haga podrían significar una profundización del dominio estadounidense. La opción en la que esta potencia asuma cambios sin ningún tipo de condicionamiento no parece ser una solución posible, en tanto que esto implicaría el posible nacimiento de un mundo multi-polar y el trastrocamiento del status quo.

Argentina en el Cambio Climático. La posición de nuestro país dentro de las negociaciones de la Convención se establece, a grandes rasgos, dentro del llamado G-77. Sin embargo, la disparidad de este grupo de naciones en desarrollo, entre las que se ubican en sus extremos los países de la OPEC (Organizaciones de los Países Exportadores de Petróleo), con fuertes intereses en la economía del carbono, y los de la AOSIS (Alianza de los Pequeños Países Insulares), principales perjudicados ante la suba del nivel del mar, provoca una disolución de sus intereses comunes. Argentina se encuentra en un término medio y, a diferencia de Brasil, no existen perspectivas de que deba asumir compromisos cuantificables en Copenhague.

En términos oficiales, la Secretaría de Ambiente de la Nación prepara la tercera Comunicación Nacional, que sintetiza la situación del país respecto de la problemática, elaborada a partir de informes científicos. La semana pasada, desde el espacio de la sociedad civil, se lanzó un Foro sobre Cambio Climático, donde se discutieron diversos aspectos de la cuestión. Allí se presentó el embajador -retirado- Raúl Estrada Oyuela, quien difundió los aspectos centrales de su artículo en Nature, donde critica la expectativa desmedida del gobierno danés para Copenhague; en especial porque no dio tiempo a Obama para encausar la negociación interna y hacer así viable el compromiso internacional. También enfatizó que no es cierto que Argentina no tenga obligaciones, ya que está en su deber tener un Plan Nacional, aunque esto no incluya reducir necesariamente sus emisiones.

Teniendo en cuenta esta opinión, la política de nuestro país es clara, cuando se decidió la puesta en funcionamiento de una central de carbón en Santa Cruz. Asimismo, la falta de implementación de la Ley de Bosques es una limitación para el desarrollo sustentable, del mismo modo que la expansión de la frontera agropecuaria genera conflictividad y que es un problema sin solución a la vista la emisión de metano por el ganado bovino. Pero, por otra parte, la clara subordinación argentina frente al concierto internacional, y la poca articulación de su posición con América Latina y el resto de los países del G-77 en los últimos años, daña su principal herramienta para detener el cambio climático, como lo es la negociación diplomática.

Cambia tus hábitos, antes que el clima. Frente ante esta perspectiva de incertidumbre mundial, organizaciones de la sociedad civil proponen comenzar el cambio por uno mismo. Es que las acciones individuales de miles de consumidores son parte de la problemática global, por ejemplo, con el derroche de energía. Y si bien estas modificaciones en la conducta cotidiana pueden aparecer como una pérdida de confort, se trata de comprender que una buena calidad de vida no puede estar atada al consumismo que propone la sociedad industrial. De hecho, si el cambio climático se produce, habrá luego restricciones más importantes en nuestra forma de vida, en particular para los países en desarrollo, con menos posibilidades de adaptación; sobre todo si la temperatura sube 4 grados centígrados.

Pero tal vez el cambio más importante sea un mayor involucramiento en el comportamiento como ciudadanos, manifestando la voz y participando en la toma de decisiones políticas. El llamado "lobby ambientalista", en su buen sentido, significa hacer presente las necesidades de interés público, así como también de las generaciones futuras, pricipales afectadas de nuestra conducta actual. Hasta ahora, una frase popular podría sintetizar la situación de la diplomacia internacional en este tiempo: mucho ruido y pocas nueces. Quizá sea el cambio cultural, el más difícil pero el más profundo, el que pueda vencer los intereses difíciles de roer, y abra una nueva oportunidad para la humanidad planetaria.


1 comentario:

Anónimo dijo...

es hora de que los gobernantes asuman las responsabilidades que tienen!