29.8.17

Que el árbol del Ministro no nos tape el bosque

La fotografía del Ministro de Ambiente disfrazado de planta alcanzó una amplia difusión y consecuente repercusión: burlas, quejas y apoyos. En este artículo, la investigadora Soledad Fernández Bouzo analiza el entramado más profundo de este marketing verde. Para ello, pone el foco no sólo en la figura sino en el transfondo de una imagen que nos muestra la escenificación del GreenFilmFest como festival de cine oficioso.


Por Soledad Fernández Bouzo*
Para ComAmbiental

Figura y fondo. Para entender la foto, hay que observar la película del marketing verde.



El pasado 23 de agosto se dio a conocer una foto en la que el ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, Sergio Bergman, se mostró disfrazado de árbol en la apertura del festival de cine ambiental GreenFilmFest. Las reacciones no se hicieron esperar y el funcionario salió a dar una serie de explicaciones. Pero, ¿qué hay detrás de esa especie de árbol humano que quiso representar? ¿Qué vemos cuando corremos el foco e intentamos ver el bosque? Encontramos una política ambiental de ideas abstractas con las que nadie puede manifestarse en desacuerdo, al tiempo que dejan el camino allanado para legitimar la creación de un mercado verde de consumo en Buenos Aires y en las grandes ciudades del país. En el fondo, sigue estando en juego una mirada que profundiza un modelo de desarrollo basado en el aliento a las actividades extractivistas y agroindustriales, que justamente son las que ocasionan desde hace varios años los mayores impactos negativos al ambiente y a la salud de los pueblos.

 

El árbol: humano y de plástico 


“Gracias a Ud. Ministro, por lograr con esta imagen concientizar y concienciar ('hacer que alguien sea consciente de algo') sobre el cambio climático.”

“No nos merecemos esta payasada, somos más inteligentes que eso. Mientras Ud. juega al carnaval, Sr. Ministro, hay pueblos inundados y encima leo declaraciones suyas donde dice que fumigar a 200 metros de los poblados no es peligroso. Por favor, labure alguna vez.”

Las líneas transcriptas son apenas dos de los cientos de comentarios que minaron la página de Facebook del actual ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, rabino Bergman, en reacción a una foto en la que se lo ve disfrazado de árbol con un traje de plástico. En medio de una creciente preocupación por la desaparición forzada de Santiago Maldonado, quien al momento de desaparecer se encontraba acompañando la protesta de una comunidad mapuche en la que intervino un operativo de Gendarmería, Sergio Bergman parece sintonizar con la estrategia de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, al intentar desviar la atención de los problemas que le competen y al desligar la responsabilidad del Estado de los asuntos más acuciantes bajo su cartera.

Si con sus dichos negacionistas y estigmatizantes, Bullrich lastima de lleno a las comunidades indígenas que ya venían heridas de años anteriores, con una Gendarmería que salpica a la totalidad de las organizaciones de derechos humanos, Bergman, con su imagen de árbol humano hace lo propio, encendiendo la furia de un arco nutrido y heterogéneo del movimiento ambientalista nacional que se siente –con sobrada razón– humillado. Tanto la ministra de Seguridad como el mayor responsable del ministerio ambiental, coinciden en cuanto a los objetivos que persiguen: tratar de desviar la atención de la ciudadanía e intentar obturar la posibilidad de que nos detengamos a mirar el bosque.

Si bien no podemos dejar de vincular el comportamiento de Bullrich con el de Bergman en una línea de continuidad, el artículo propone a las/os lectores reflexionar específicamente acerca de la controversia causada por el ministro de Ambiente, en base a una investigación que se desarrolla en el área de las ciencias sociales desde hace más de cinco años.


El bosque: un mercado verde incipiente y una política ambiental lavada 



Las justificaciones que Bergman esgrime respecto de la imagen que se viralizó, refieren a que se trata de una campaña de concientización ambiental para generar acciones contra el cambio climático global. Según sus palabras, el disfraz de plástico vendría a ser algo así como un mensaje de paz que convoca a todos a realizar un cambio cultural y a empatizar con la naturaleza en una relación de armonía con el planeta.

Ahora bien, nociones tales como “concientización ambiental”, “cambio cultural”, “cambio climático global”, “armonía con el planeta”, son ideas de consenso que bien pueden ser pensadas en tanto conceptos nirvana, siguiendo a François Molle. ¿Pero qué son los conceptos nirvana? Aquellos que surgen para tipificar cierta visión o enfoque sobre la definición de un problema o conjunto de problemas. Dan cuenta de una dimensión ideológica a través de la cual los actores y redes los crean y/ o se los apropian para integrarlos en sus discursos y estrategias políticas y económicas. En aras de poder desnaturalizarlos, presentan dos dificultades inherentes a su construcción: por su propia naturaleza resultan ser conceptos atractivos y consensuales (razón por la cual tienden a ocultar el carácter político de la cuestión que traten) y son fácilmente apropiados por aquellos grupos (sobre todos los más poderosos) que buscan legitimar sus propias prácticas. Suelen ser conceptos útiles teniendo en cuenta las disputas discursivas habilitadas por las controversias propias de las problemáticas ambientales, dado que emergen con la pretensión de generar consenso, enrolamiento y legitimidad en relación a determinadas causas ambientales (y no otras).

Efectivamente, quienes apoyan a la gestión actual leen en la imagen del ministro cierto compromiso “armónico” y espiritual con el ambiente” y adscriben a la idea de que el principal problema ambiental del país en realidad es uno que lo trasciende: el “cambio climático global”, donde todos somos responsables individualmente y en igual medida por los daños que le causamos al planeta. Frente a ello, la solución depende también de todos y en idéntica medida. ¿Cómo? Comprando cada uno, en forma individual, su ecobolsa.

Pero la cuestión no es meramente discursiva, sino que se completa en la medida en que observamos las redes de actores que se asocian entre sí para la construcción y movilización de aquellos conceptos.

Desde cuando se creó en el 2010, el GreenFilmFest se erigió como un dispositivo institucional de circulación de imágenes ambientales, entre otros que nacieron también ese mismo año en Buenos Aires. Me refiero tanto al Festival Internacional de Cine Ambiental del Instituto Multimedia de Derechos Humanos (FINCA) como al Ciclo de Cine Ambiental del Banco Mundial. Desde entonces, todos ellos se dedican a la difusión de películas del ámbito del cine profesional –en su mayoría documentales–, fenómeno por el cual surgió el planteo de una investigación sociológica que se dedicase a encontrar cuál es el sentido de tales iniciativas, qué tipo de redes de actores las soportan, y cuáles son las miradas sobre el ambiente que allí se producen y circulan.

En términos generales, podemos decir que los dispositivos de cine ambiental funcionan como vidrieras que montan las distintas redes de actores (organismos multilaterales, ONGs, empresas y entidades públicas), en función de sus miradas sobre la cuestión ambiental y en relación a lo que presentan en público como causas ambientales legítimas. En consecuencia, a través de estas vidrieras podemos leer el significado que adquiere, para cada dispositivo, la selección de determinado tipo de documentales y los debates que habilitan o, por el contrario, obturan.

Si bien podemos ver cómo cada uno de los dispositivos mencionados se presenta en tanto evento que apunta a la concientización ambiental para lograr un cambio cultural, lo cierto es que existen importantes diferencias entre ellos acerca de qué significa justamente "concientizar". Esto es, desde qué miradas proponen el cambio cultural, apelando a qué o a quiénes, en base a qué apuestas estéticas y a través de qué redes.

A diferencia de los otros espacios, el GreenFilmFest nace particularmente como un festival comercial cuya narrativa editorial coincide con una mirada naif sobre la temática: una idea de naturaleza prístina, casi caricaturesca y a la disneylandia. En la construcción de esa narrativa, que se presenta en formato de festival y en tanto evento cultural, participa activamente una red de actores amplia que lo impulsan, apoyan y/o lo financian. En principio se trata de una red constituida por empresas dedicadas a la distribución de cine –que despliegan lógicas de distribución siempre cuestionadas y desventajosas para los cineastas locales– y productoras de contenidos culturales. No obstante, si afinamos la mirada encontramos que forman parte sustancial de la red distintas ONGs conservacionistas, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, la embajada británica, así como ciertas figuras del cine y la televisión local, y otras empresas que venden sus productos presentándolos por su valor "modernizador ecológico"; es decir, por su potencial para formar parte de un circuito de mercado verde en la ciudad.

Puntualmente, el gobierno de la ciudad de Buenos Aires fue un actor central en el festival entre los años 2010-2015 bajo las consignas "Jugá limpio" y "Ciudad Verde". Es por eso que, si la presencia del actual ministro en esta octava edición no hubiera sido tan rimbombante, tampoco hubiera resultado tan sorpresiva, ya que inaugura una etapa en la que no sólo el gobierno de la ciudad se encuentra enrolado, sino que también se suma el (ya no tan) flamante gobierno nacional.

Y decimos que no hubiera sido tan impactante porque la investigación a la que nos referimos nos muestra que el GreenFilmFest piensa a su público desde una concepción individualista y liberal que apela claramente al despertar de la conciencia con mensajes considerados positivos que llaman al cambio. El espectador es pensado como un individuo libre cuyo horizonte debe ser el desarrollo sustentable, y del cual se espera que aflore una especie de racionalidad espiritual que lo lleve a ser un consumidor consciente en sintonía con el planeta. De esa forma, el GreenFilmFest se propone remover cada conciencia enfatizando en los impactos que a escala individual y global el "Hombre" genera en su entorno.

En esa línea, la película que dio origen al festival, el documental francés Home, despliega un discurso que interpela a la figura universal del “Hombre” con mayúscula, no sólo eludiendo por completo un enfoque crítico de género, sino aludiendo a tal figura como la única culpable del cambio climático, desde una voz omnisciente y aleccionadora que le habla a cada espectador. El libreto una y otra vez insiste en lo siguiente: apelar a la conciencia y a una ética de la voluntad de los hombres en términos genéricos. Todos los homo sapiens son igualmente responsables por los daños causados a la Tierra, pero todavía se está a tiempo de revertir la balanza cambiando hábitos de consumo por otros más sustentables, colaborando con fundaciones, emprendiendo iniciativas amigables con la naturaleza, fomentando la inversión en una educación superior altamente competitiva –suficiente como para instalar las capacidades que permitan el desarrollo de nuevas tecnologías verdes. En definitiva, confiando en la reconversión de un mercado que se autopromocione a través de sellos sustentables.



Hacia una política de justicia ambiental: una mirada enfocada en crear verdaderas alternativas al desarrollo



A pesar de que el gobierno de Cambiemos asignara a la cartera de Ambiente y Desarrollo Sustentable rango ministerial bajo ideas ilusorias de consenso, la imagen controvertida del ministro desnuda que ese cambio en realidad vino a pretender instalar una agenda verde agua que asimismo abre un camino sinuoso que nos lleva, por un lado, a la consolidación de una economía verde neoliberal anclada en el marketing; y, por el otro, al ocultamiento de una marcada expansión de actividades extractivas (minería, fracking, represas) y agroindustriales (monocultivo de soja transgénica, fumigaciones con agroquímicos). A casi dos años de su asunción, nos gobierna un ambientalismo abstracto que nos sermonea a todos, pero que no duda en premiar a las mineras, a los grandes productores de soja con la quita de retenciones, a cierto sector de la ciencia a su servicio.

Se trata de un ambientalismo de quimeras, que fracasa cuando intenta dar respuesta a grandes problemas ambientales situados –como, por ejemplo, la contaminación de la cuenca Matanza-Riachuelo en el sur de la región metropolitana de Buenos Aires. Y fracasa deliberadamente al poner en juego una mirada que se basa en un "overview effect" (punto de vista del astronauta), cuya representación del mundo nos resulta ajena a nuestro entorno y vida en común. Nadie puede estar en contra de algo tan heroico e inasible como "generar acciones para combatir el cambio climático global", pero ¿quiénes se comprometen a embarcarse en semejante empresa? ¿qué implica involucrarse en una causa ambiental planteada en esos términos? Desde esta visión, el "cambio" depende de cada uno y a la vez de nadie. Como dijo Galeano: si todos somos culpables, nadie lo es. Todo parece depender de la voluntad de cada uno para ir hacia un capitalismo verde, que no cuestiona las reglas del juego que generan las mayores desigualdades sociales e injusticias ambientales.

Mientras tanto, vemos proliferar efectivamente un mercado de consumo y diseño verde en la ciudad de Buenos Aires y en las grandes ciudades del país, así como el avance de megaproyectos para generar energías no convencionales a gran escala. Como muchas veces pasa, el mercado se adelanta y lejos estamos de ensayar verdaderas alternativas al desarrollo que se focalicen en la centralidad de la vida comunitaria y en el goce pleno de nuestros derechos en todas sus dimensiones. Ojalá podamos dar la batalla, articulando cada vez más luchas y promoviendo otros sentidos.


* Socióloga - Dra. en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Becaria postdoctoral del CONICET en el Instituto de Investigaciones Gino Germani (UBA). Grupo de Estudios Ambientales del Área de Estudios Urbanos.


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